NO BASTA PEDIR PERDON

Mayo 19 11:35 2016

Por Alvaro Gongora (El Mercurio)

La senadora Carolina Goic consideró las exequias del Presidente Aylwin un momento oportuno para que la clase política pidiera perdón, siguiendo el ejemplo de humildad del mandatario a quien se honraba. En la entrevista posterior matizó diciendo haberlo hecho a título personal, pero entendiendo que representaba “el compromiso de toda la DC”. De esta manera, ante un país entero, prácticamente, pidió perdón por no haber actuado a tiempo, por abusos de poder, falta de ética, por haber traicionado la confianza de quienes representan, sirviendo otros intereses y no los de chilenos y chilenas. Lo pidió, para “nunca más degradar la política”, dijo. “Es el primer paso para recuperar la confianza”, agregó.

Fue una confesión que pareció sincera, pero sorprendió. Y probablemente lo hizo con genuino arrepentimiento, porque es la condición indispensable para pedir perdón. Nunca debe ser una expresión de buena crianza o para liberarse de responsabilidades. Es manifestación profunda de querer mejorar la relación con otros y quien lo pide se obligaba moralmente a dar testimonio.

Porque el perdón se invoca con la esperanza de ser perdonado, es la manifestación de reconocimiento de una deuda y disposición espiritual para expiarla. Los ofendidos están en la libertad de perdonar y no siempre es fácil. Claro que es bueno, magnánimo y liberador tanto pedir como conceder el perdón. Sin embargo, para que ocurra en forma auténtica es necesario conocer la realidad de los actos que detonaron el arrepentimiento o la conciencia de haber provocado un daño personal o colectivo.

Por lo mismo, surgen naturalmente interrogantes ante una confesión tan genérica como la formulada por la senadora: ¿En qué circunstancias concretas se actuó a destiempo, se faltó a la ética, se traicionó? ¿Qué intereses impropios se sirvieron, cuándo se cometieron abusos de poder? ¿Cuál es la verdad de los hechos que motivaron la propuesta de perdón? A su juicio y en rigor, ¿de qué exactamente deberían estar arrepentidos los políticos para que a ellos y nosotros conste el perdón conferido y la recuperación de la confianza perdida?

Cuando Aylwin pidió solemnemente perdón a nombre de la nación, lo hizo ante una realidad constatada empíricamente que había sopesado en la intimidad. Ante evidencias palmarias de dolor causado a personas identificadas. Todos entendieron a qué se refería.

Distinto fue lo ocurrido en su funeral. Es como si frente a una junta partidaria la máxima autoridad confesara haber traicionado los principios y valores de la colectividad. De seguro los militantes exigirían precisión, dada la grave falta declarada.

Pero Aylwin fue más lejos. Requirió de los involucrados gestos de reconocimiento por el mal causado y contribuir a su atenuación. Y no solo eso, implementó medidas que mitigaran hasta donde fuera posible el sufrimiento provocado.

Esta es la cuestión crucial respecto del tema, porque vivimos un momento sumamente complejo en materia política. Hay desesperanza, incertidumbre, actuaciones irresponsables, pésima opinión del actuar gubernativo y parlamentario, de oficialistas y opositores. Todo conspira contra la democracia que tanto se enarbola.

¿Cuáles serán los buenos actos de reparación -no digo gestos- por los tantos malos actos que han dañado la fe pública? El “compromiso de toda la DC”, ¿en qué se traducirá efectivamente?

Esperemos la compensación, alguna rectificación visible de la conducta que se lamenta, porque el remordimiento es anhelo de superación, una reconciliación con la ciudadanía en cuyo nombre tanto se habla. El país necesita un cambio drástico para que la clase política sea perdonada por los chilenos y perdonarla es necesario, porque la credibilidad en los dirigentes políticos es de la esencia de toda república.

Así sea, por el bien de esta democracia denostada, no obstante recordarse a menudo los sacrificios padecidos para recuperarla.

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Jorge Tapia
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